Impuesto a “las ganancias”

Rafael Farace

Otro año más que se discute el tope al impuesto a las ganancias y nosotros no nos vamos a cansar de decir que esa tasa es un absurdo. Sucede que ese impuesto mezcla los tantos, porque toda la ganancia que produce un trabajador se le escapa de las manos, porque se la queda su patrón. Quien no tiene fábricas, negocios, etc. no tiene otra forma de subsistir que salir a trabajar a cambio de un salario, entregando así su cuerpo y su tiempo a favor de su empleador, que lucra utilizándolos. Resulta claro entonces que el salario que recibimos a cambio de esto no es una fuente de ganancias o réditos, sino que es la única forma que tenemos para obtener ingresos que nos permitan subsistir con nuestra familia

Los trabajadores tenemos un salario y si quieren sacarnos plata de nuestro salario que le cambien el nombre al impuesto.

Entonces, los empresarios tienen ganancias y los trabajadores salarios, pero sin embargo hay un millón y medio de trabajadores que pagan ese impuesto.  Es inconcebible que un compañero que gana, por ejemplo, $ 400o, pueda tener que pagarlo por el sólo hecho de hacer 2 horas extras diarias para mejorar sus ingresos. O que se castigue a sectores que por medio de su lucha han logrado alcanzar mejores salarios y de repente tengan que pagar al Estado un porcentaje de su sueldo.

Pero lo que hace más grave el asunto es que ni ese impuesto ni ningún otro grava las ganancias de grandes empresas (como las del sector financiero, que en realidad percibe renta) ni los altos ingresos de los jueces. Además, existen otros sectores que no sólo pagan pocos impuestos, sino que tienen grandísimos subsidios y exenciones impositivas, como las empresas de transporte, las mineras y las petroleras (estas últimas generalmente multinacionales). Las mismas retenciones que tanto han molestado a las patronales agrarias, sólo representan un 11% del ingreso fiscal nacional, mientras que el IVA (ese 21% más que todos pagamos en cada compra y que es casi el mismo por un paquete de polenta que por una botella de champagne) representa el 28%. O sea que mientras los grandes empresarios que se han visto beneficiados por la recuperación económica pagan impuestos en proporciones insignificantes en relación con sus ganancias, los trabajadores pagamos impuestos en una mayor proporción de nuestros ingresos, sea por el IVA que está en todos los alimentos o por el impuesto a las ganancias que se percibe cuando hemos alcanzado salarios elevados.

Entonces no se trata de subir el tope al impuesto a las ganancias para que sean menos los trabajadores que lo sufran. Lo que hay que hacer es una reforma completa de ese impuesto de manera tal que al menos se corresponda con su nombre: o sea, que se grave una modalidad de ingreso (las ganancias propiamente dichas) y no todo ingreso superior a un monto equis. Y esto debe hacerse en el marco más general de una reforma impositiva global que termine con los beneficios de quienes siempre salen ganando con el sistema: ¡justamente son ellos los que más impuestos tienen que pagar!

No hay excusa: Cambien el impuesto a “las ganancias”. Sino, al menos, cámbienle el nombre.

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